miércoles, 13 de julio de 2016

Tu espalda


Nos acostamos sobre las doce de la noche. La verdad es que estábamos cansados después de un día de trabajo y una cena algo tardía.
Después de apagar la luz y darnos el beso de buenas noches, ella se giró hacia su costado izquierdo, enseñándome su cuerpo de espaldas vestido únicamente con unas braguitas, al que se le definía perfectamente el perfil gracias a la escasa luz que entraba por los agujeros de la persiana bajada casi del todo. No pude resistir el deseo de acariciar esa espalda desnuda. Al roce de las puntas de mis dedos contestaron su piel de gallina y su respiración que comenzaba a acelerarse. No pudo resistir más de unos pocos minutos para girarse y quedar boca arriba, mirándome a los ojos, lo que aproveché para acariciar sus pechos e ir bajando por su barriga hasta las piernas, esquivando la zona ya deseosa de caricias, para rozarla en el viaje de subida que mis manos realizaron hasta llegar de nuevo a sus pezones duros como rocas. Después de nuestros besos y juegos de lenguas mis labios fueron a explorar sus pechos parándome antes en cada centímetro de su cuello mientras mi mano hacía lo mismo bajo ese pequeño trozo de tela que comenzaba a humedecerse y, gracias a mis juguetones dedos terminó estallando en un primer orgasmo. Conforme mi boca fue bajando por su ombligo mis manos deslizaron la fina tela por sus piernas hasta que cayeron al vacío al terminar sus pies. En ese momento mi nariz ya jugaba con los pelitos de su monte que le volvían a crecer y, mientras mis manos hacían el camino de regreso hacia sus pechos, me dispuse a comer ese fruto tan jugoso con tantas ganas que se corrió de nuevo en cuestión de segundos. Esa lubricación hizo que fuera fácil introducir dos dedos en busca del punto G que, ayudado por mi lengua, hizo que llegara a su tercer orgasmo mientras llenaba sus manos con el pelo de mi cabeza y silenciaba sus gritos mordiendo su labio inferior. Bajé mi ritmo para que pudieran disminuir sus pulsaciones y, una vez recuperada su respiración, mi lengua comenzó a subir para detenerme en sus pezones mientras mis dedos seguían jugando con su G hasta que explotó por cuarta vez. Aún casi sin recuperarse del todo me puso boca arriba, me quitó los calzoncillos y comenzó su oral con pasión, colocada de manera que dejó a mi alcance su húmedo tesoro al que no dudé en masajear hasta que su quinto orgasmo hizo que perdiera su ritmo y su concentración. No tardó ni medio minuto para colocarse encima como un vaquero montando a un caballo salvaje. El roce y mi masaje a sus pechos no hicieron tardar a su sexto de la noche, que a punto estuvo de mezclarse con el primero mío... pero todavía no era mi momento. Aún torpe debido a su flojera de piernas se bajó de su caballo, pero sólo para subirse de nuevo, esta vez al revés. Se la introdujo hasta el fondo y comenzó con un subir y bajar que me ofrecía una vista más espectacular que la anterior cabalgada, dejándome acariciar su ano, cosa que la puso más a cien todavía. Ahora sí, había llegado el momento de acompañarla en su séptimo orgasmo con una larga e intensa explosión interna que me hizo estremecer todo el cuerpo. La sensación de corrernos a la vez fue algo increíble y dio lugar a besos y abrazos tan sinceros y agradecidos que no se iban nuestras sonrisas de la cara. Dos horas después nos volvimos a desear buenas noches y sí, esta vez nos dormimos enseguida.

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